23 de marzo de 2017

Normalizando la enfermedad


 
Tal y como publique en Acento.

Martes de hipertensión, miércoles de diabetes…falta poco para los jueves de accidentes cardiovasculares y los lunes de colesterol alto. Si le vienen a la mente los jueves rojos o los martes de vegetales en los supermercados, no se sorprenda. Las enfermedades ahora son un producto y el enfermo es un cliente; de hecho, es justo así como está pensado.

Días atrás, en medio de las cortas cavilaciones que me permito en cada semáforo en rojo, leía los letreros promocionales de una sucursal de farmacia. El anuncio era casi festivo, e invitaba al cliente a visitar el local cierto día a adquirir su medicina para la diabetes. Se me antojó un chiste ácido, bien a mi estilo y empecé a bromear con las enfermedades, donde cada una se hace con su día de la semana. Una cosa me llevó a la otra y al final no pude parar. 

Vamos a ver esto un poco más allá: a los emporios farmacéuticos les importa un carajo su salud. Más bien les interesa su enfermedad, pero no para curarla, sino para mantenerla, porque sencillamente la salud no les reditúa ganancias. En cambio, una población “ni muy sana ni muy muerta” produce y mantiene cifras de dinero que rayan en lo obsceno. Para nadie es un secreto que la fabricación de medicamentos constituye uno de los sectores más productivos de los países poderosos, y que las megacorporaciones transnacionales del sector farmacéutio determinan muchos aspectos de la salud de la gente.  

En este sentido, la publicidad no solo se hace cómplice, sino que es una parte integral y pensada de los que dirigen el negocio de las drogas legales, al tiempo que promueve una especie de cultura de la enfermedad. En ella, la persona ve cualquier afección como algo con lo que hay que vivir porque sí, porque es lo normal, cuando en realidad la salud es el estado natural de todo organismo vivo y la enfermedad no es más que la consecuancia de una alteración en los ritmos habituales en dicho organismo.

En un comercial de esos que te pasan cada dos por tres en la televisión, se observa el cansado rostro de una mujer que lleva sus manos a las rodillas con expresión de dolor. La voz dice que para eliminar la molestia deberá tomar cualquier cantidad de pildoras al día, en tanto que con la marca TAL una sola capsula será suficiente para que no duela por hasta doce horas. La mujer toma la pastilla y su expresión se vuelve joven, hermosa y alegre. No hay un solo momento en que se sugiera la sola idea de buscar el origen del dolor, solo su calma. Así las cosas, el mensaje implícito es: ¿Te duele? ¡Medícate!

La prueba del cinismo del negocio farmacéutico la encontramos en el siguiente escenario: Las medicinas son para quien pueda pagarlas; esta expresión no es ni mía, ni nueva. Un ejecutivo de la Bayer nos hizo el favor de recordarnoslo. Además, según fuentes consultadas, cerca del 90% de la inversión realizada en investigación y desarrollo de nuevas drogas, está dirigida a resolver el problema de la salud de solamente un 10% de la población mundial. Precísamente aquellos que pueden acceder a ellas. De ahí que muchos piensen en enfermedades para ricos y enfermedades para pobres, como si la salud, más que un derecho fundamental, fuera un asunto de estatus económico.
En ese mismo orden, la Organización Mundial de La Salud puede ayudarnos a entender un poco mejor lo que es el negocio de las medicinas cuando nos cuenta de los millones de infantes que mueren cada segundo por causa de hambre; o los más de 60 millones de mujeres que dan a luz sin anestesia; o mucho peor, los más de 10 millones de niños y niñas que mueren anualmente por enfermedades perfectamente tratables y que cerca de los 2,400 millones de personas no tienen acceso a servicios sanitarios básicos. Todo esto ocurre ante los ojos de un sector multimillonario, creciente y con una tecnologia cada vez más avanzada, que no tiene excusas para erradicar todas estas cifras, más allá de las económicas.

Y que conste, no les hablaré del maridaje entre los gobiernos y las farmacéuticas. Tampoco les cuento de las enfermedades fabricadas y patentizadas. Esa es otra historia, y por cierto, una bien oscura.
La esencia de la industria farmacéutica es mantener la cronicidad de las enfermedades. Nunca eliminarlas. Ellas deben irse y volver, mantenerse cerca. Para tal propósito, la alimentación y el estilo de vida juegan un rol importante, pero la medicina se lleva las de ganar, pues cada droga consumida conlleva efectos colaterales al organismo y altera la inteligencia natural del cuerpo: la de sanarse a sí mismo.

Sería interesante ver cuál día le dejaremos a la salud, porque al paso que vamos hasta los feriados estarán enfermos.

22 de marzo de 2017

Dentro

Estando tan, pero tan aburrida del llanto, se estacionó en una risa deforme.

Su boca, tremenda, gigante, se esparció por toda la cara, convirtiéndose en un cráter gigante.
En ella metió su puño, y resolvió ir directo a las costillas. Rasgando en el trayecto su garganta, tropezó con las amígdalas. Su propio puño le ahogaba, pero la risa continuaba, histérica, y el aliento le ardía en el antebrazo.

Logró meterse bien hondo en su propia anatomía. Todo el puño en su garganta, luego el codo, hasta que su propio hombro se atascó en el estómago. Ahí, nadando en las tripas, estaba el café de la mañana, pero todo el aroma era café de septiembre. Ese septiembre de siempre.
Junto a la taza estaba él, sentado, llevaba calzoncillos blancos y tenía las piernas colgando en un taburete.

¡Él en su estómago!.. Por eso los constantes dolores de estómago; ahora entendía su estreñimiento de años. Ese septiembre ha debido irse, junto con él, su taburete y la taza. Pero gracias a los dioses ya comprendía todo.

-¡Voy a salir! Devolveré mi puño. Ahora y no después… -

Le dolían el estómago y los intestinos, igual le dolía la garganta. Las palabras sabían a moho y ensuciaban su antebrazo cuando iba de regreso a la salida. Había granos de café y semillas de albahaca. El suelo en su garganta le olía a comino.

Sacó el brazo. La boca volvió a su tamaño original. Terminó la risa. Queda el llanto.

Todos los Derechos Reservados
 ©Gnosis Rivera

Imagen: Josephine Cardine
http://www.cardinphotography.com/about

14 de marzo de 2017

¿Dónde está Pupi?

Imagen: Plantas en el balcón.- Obtenida de la red.-

La jornada laboral finalizaba para mí y llegamos a la casa tipo seis quince de la tarde. Ella tenía, como siempre, las provisiones de energía intactas. Yo estaba entre “quiero dormir” y “búsquenme una cerveza bien fría”, pero cuando se es mamá no siempre te puedes echar una pavita (1) a plena siete de la noche; lo de la cerveza era más factible, pero no tuve oportunidad, y ahora les cuento la razón.

La niña empezó a jugar con sus bloques, y lo que más le divertía era que, por ser viernes, podía acostarse a las dos de la mañana, como decía tan alegremente –aunque a las diez de la noche goteara como una guanábana madura-. No supe cómo pasó, pero vino llorando desde la parte del jardín, preguntando dónde estaba Pupi, la planta que había sembrado dos noches antes. Había colocado  ramitas de alguna maleza, de las que crecen en el patio delantero del edificio, en una lata de cereal vacía, le echó arena y la adoptó como su planta. En una hoja de cuaderno viejo escribió: Pupi. Se supone que ella vería crecer a Pupi.

-Mami, ¿dónde está Pupi?- me dijo llorando. Eran lágrimas de verdad. Muchas en verdad. Lloró por un buen rato. Improvisó un bosquejo de plantita y en él escribió el nombre de su planta, lo colocó en la entrada de la casa y me dijo: -si alguien ve a Pupi quizá me diga dónde está-. Le preguntó a Marcos, el señor que se encarga del área común del edificio, si había visto su plantita. Lloró más. Otro buen rato más. Hizo otro dibujo y habló con dos vecinas sobre el paradero de su plantita. Cuando entendió que su matita definitivamente no estaba más, nuevamente lloró .

Yo le ayudé en la jornada de búsqueda, y aunque sabía muy bien qué había ocurrido, no me animé más que a consolarla y abrazarla. Al final le propuse sembrar otra planta. Ella insistía: -¡Quiero a Pupi!-. Poco más de una hora después, la noche recuperó su ritmo habitual, con uno que otro momento de tristeza cada vez que recordaba todo. 

Amaneció y lo primero que hizo fue ir a la jardinera creyendo que Pupi estaría allí, pero tal cosa no ocurrió. Era el momento de asumir las cosas. Conversamos y ella estuvo de acuerdo en sembrar otra planta. Buscamos un recipiente, tierra –no arena-, y semillas de limón. No me dejó tomar parte de nada, ella quería hacerlo todo. -¡Esta planta es solamente mía! – Insistió. Será porque yo tengo albahaca, ajo, batatas y orégano. Y he tenido romero, cilantro, verdura.

Sembró su plantita y le escribió el mismo nombre: Pupi. -Debes hacerte cargo, es tu responsabilidad ahora. Tienes que regarla, hablarle bonito y cuidarla mucho.- Le dije. Ella convino que sí. Lo segundo que hizo fue ir a conversar con Marcos para asegurarse que, esta vez, nada le pase a su planta.

Creo que vamos bien con el sentimiento de pérdida, la esperanza y eso de hacerse cargo de las cosas. Lo que implica el esfuerzo, la obtención de buenos resultados, la dedicación, la vida, el amor y el cuido. Me siento orgullosa.

Cariños, Gnosis.


(1) Pavita: Pequeña siesta. Descanso breve.

13 de marzo de 2017

Otro artículo sobre ser mujer


Imagen: Mujer tras la verja.- Obtenida de la red.-

Tal y como publiqué en Acento.

Al momento en que redacto estas líneas, la caravana de felicitaciones por conmemorarse el Día Internacional de la Mujer es tan larga como cualquier longaniza de fritura. Yo la verdad que no comprendo esa tendencia -o necesidad- de felicitar por todo; no sé si obedece al hecho de querer celebrar cualquier cosa con tal de eludir el significado y las calidades de los hechos, o si se trata más bien de seguir la corriente sin detenernos a pensar al respecto. Lo cierto es que me han felicitado más que en año nuevo y apenas voy por media jornada.

Yo nací brava y hembra. Con vagina y pechos; al principio estos eran más planos que el llano de Pedernales, pero con los años la promesa del brote femenino no se hizo esperar, trayendo con ella la complicación de unos pezones que debía esconder a como dé lugar, pues no está bien visto que una chica escandalice al resto con unos pezones de velitas de cumpleaños. La vergüenza asociada a tu cuerpo empiezan a inculcarla desde que una es pequeñita, con esa primera mirada de censura que te ordena: ¡cúbrete!, ¡tápate!, ¡siéntate bien! No tienes la más mínima idea de qué está mal, mientras tus pares varoncitos juegan libremente llevando solo unos pantaloncitos. 

Eventualmente la bravura hubo de ser matizada y me enseñaron que tenía entre las piernas una suerte de gema con pelos que hala más fuerte que cualquier yunta de buey. Y no a todas las mujeres les explican el poder que la cultura le ha concedido a la dichosa gema, que no es más que una vagina. Solo te dicen que en ella está tu bendecido o bien frustrado futuro. Apenas tenía diez años cuando conocí la mirada de lascivia en un hombre, que parado frente mi cuerpecito desnudo, se quedó mirándome por unos segundos que parecieron horas, mientras me echaba agua con una lata en el patio de la casa de mi abuela. En ese entonces no conocía el morbo, solo sé que una parte de mi sentía que algo andaba mal y que debía cubrirme. Observen la diana del asunto: El problema no era el hombre, el problema era yo y mi cuerpecito de niña, desnudo y mojado. La suerte de mi condición de mujer ya estaba echada.

El tiempo transcurre y nos hacemos mayorcitas; nosotras llevamos la vagina, cargamos las mamas y los pezones, igual las nalgas y las caderas, pero parece que todo ello está supeditado a la aprobación o censura del resto. Cuando eres una nena debes mantener tus piernas cerraditas -eso de abrirlas a confianza no es de señoritas-, con lo bueno que es brincar y saltar y trepar árboles sin estar pendientes de los dichosos pantis. Igual con los pechos. ¿Tiene idea un hombre de lo que es llevar las tetas forradas todo el día? ¿Se han puesto a pensar en lo que pica el encaje? ¿Se imaginan el placer que produce quitarse los brasieres apenas llegas a la casa y se acaba la pose de pecho erguido? Probablemente no. ¿Han visto lo ridículas que lucen algunas chicas haciendo ejercicio con un abrigo atado a la cintura, solo para tapar el trasero? ¡No hombre, no!

Hace unos días, en plena faena de limpieza, tenía pendiente entregar el auto al mecánico, para unos ajustes. Pues yendo y viniendo del patio a la casa, lavando, barriendo, caí en la cuenta de que mis mamas saltaban como jóvenes enardecidos en verano. Pocas cosas más cómodas que la tela de franela rosando piel desnuda, ¡pero claro!, no tuve de otra que engancharme unos aburridos strapless negros, porque el señor mecánico ¡es un hombre!, y como tal, podía sentirse “provocado por mí”. Entonces mis tetas son mías, pero la sola presencia de un varón me obliga a taparlas. Aunque claro, yo me cuelgo de los anillos de Saturno cada vez que veo a mi vecino salir en bermudas de interior y sin pantaloncillos –sí, ¡que me doy cuenta!-, pero eso no importa, es un hombre y puede hacerlo.

Y he ahí la frasecita incómoda: Ellos pueden hacerlo, una mujer es diferente. Esa es la idea que hay que revisar. ¿Es diferente la mujer o lo es la mirada que la sociedad pone sobre ellas? Recordemos que ambos somos la sociedad. Mientras un hombre puede hacer muchas cosas, a las mujeres no “se nos permiten” algunas. Peor aún, si tal o cual hecho se acepta, no siempre lo es por derecho, sino ¡una concesión! El problema, destaco, no está en un hecho particular, no estriba en qué se permita o qué no, está en el pensamiento subyacente a la prohibición o a la concesión. Entonces lo que hay que modificar es el patrón mental que pone a hombres y mujeres en posición de ventaja y desventaja ante una misma circunstancia. Y que quede claro, si hay ventajas y desventajas será para ambos géneros. No se trata de libertinaje ni privilegios ni bondades gratuitas. Se trata de no favorecer o desfavorecer a una persona respecto de otra, solo por la base de un pensamiento excluyente y discriminatorio asociado a su género.

Esos patrones mentales instalados en la psique colectiva son los que dicen que: 1) Una mujer que sonríe más de lo normal es una mujer que está coqueteando y ofreciéndose abiertamente al macho. Y que me expliquen qué carajos es reír más de lo normal; 2)- Si una mujer está sola en cualquier lugar donde se venda desde café hasta whisky, está diciendo: abórdame, busco compañía; 3) Si se daña el auto debo asegurarme de ir al mecánico con un amigo o mi esposo “a que me represente” no sea que me engañen; 4) Si conduce mal, seguro es mujer, si no, es homosexual…; 5) ¿Inteligente, bella y soltera? Seguro es loca o complicada; 6) La sociedad está bien fastidiada y todo empezó cuando la mujer decidió salir a trabajar. De aquí se desprende que “la mujer es la que educa… mira cómo estamos”; 7) Las mujeres son hormonales, resentidas y rabiosas, en tanto que los hombres sensibles solo están conectados con sus propias emociones. Mientras en la mujer la emocionalidad es una condición que la debilita y la predispone ante el resto, en el hombre la sensibilidad es un punto a favor que le confiere la empatía de los demás, en tanto que pocos quieren lidiar con las sensibilidades de una mujer; 8) Una mujer comprando condones es una puta; 9) Una mujer soltera que se embarazó, dio un mal paso y es una descuidada, se puso de loca.  La lista es larga…

Lo más irónico de todo esto, es que este conjunto de patrones de pensamiento han terminado atrapando al propio hombre. El mismo machismo ha construido la imagen del masculino fuerte, que provee, que cuida, que no se cansa, que no llora ni gime. Un verdadero varón que no tiene miedo a nada y que siempre irá a su amada a protegerla. Y tanto hombres como mujeres se han prestado al juego alienante de criar machos  y princesas, generando toda suerte de crisis existenciales. ¡Craso error!

El feminismo es el resultado de siglos de exclusión y discriminación, sustentada en constructos mentales tan fuertes que supone un gran esfuerzo el poder transformarlos. Véase que no he mencionado aspectos como el salario, profesiones, inclusión en política, ciencia, etc. Hablo de pequeños detalles, aquellos donde opera nuestro más llano y simple modo de pensar, eh ahí el mejor termómetro de cómo andamos. Hace poco una actriz auto declarada feminista fue hostigada por redes sociales, solo porque posó para una revista luciendo un hermoso escote. La sindicaron de hipócrita en su discurso solo por mostrar un atuendo en el que su seno lucía atrayente. Entonces ¿Si eres feminista no puedes insinuar unos pechos? Imaginemos la lucha que supone lograr derechos como salario, salud, educación, ¡si apenas se toleran las tetas!

Antes de felicitar, invito a mirarnos a lo interno y reflexionar sobre lo que implica ser mujer en esta sociedad. Más que educar para la subversión, propongo educar para el diálogo sincero de estos temas, ver todas las aristas posibles, escuchar puntos y contraponerlos. ¡Edificar! Si bien es cierto que vivimos en sociedad y las normas nos permiten vivir y convivir en relativo orden, lo que propongo es al menos conocer el porqué de estas cosas. Que las niñas y los niños conozcan el trasfondo real de lo que implica la masculinidad y la feminidad. Más allá de un pene y una vagina. Mostrarle dónde radica el verdadero poder de cada uno de nosotros. En un escenario donde el respeto y la cultura del autoconocimiento permee el antivalor de la discriminación y la exclusión sí que vale la pena la felicitación.